19 de Agosto: Bayanhongor – Ulan Bator
Tuesday, September 8th, 2009Las posibilidades de llegar a Ulán Bator eran bastante limitadas. La mejor solución, por no decir casi la única, que vimos fue ir en los típicos y viejos furgones rusos que hacen las veces de autobús aquí.

Ya habíamos comentado que en Asia no saben de horarios y que parece que el tiempo es lo único que sobra aquí. Nos convocaron a las 12 de la mañana, se supone que el bus salía a las 12.30, pero qué va. El furgón no se va hasta que no se llena. Y creo que la expresión se llena nunca ha tenido mejor sentido que en este bus. En donde cabíamos a duras penas diez personas, viajamos quince, con nuestros respectivos bultos y equipajes.

Partimos, finalmente, a las 6.30 de la tarde. En todo ese tiempo, nuestro bus hizo las veces de taxi. Arrancaba, creíamos que nos íbamos, pero no. El autobús dejaba a un par de personas en la otra punta de la ciudad y volvía a la estación. Además, no podías bajarte, corrías el riesgo de que otro llegara y te quitara el sitio. Eso pasó y a una pobre mujer le tocó ir todo el viaje (14 horitas) sentada en una caja. Pero a ellos les parecía tan natural que ni siquiera se quejaban.
Cuando el sueño se iba apoderando de nosotros, tratábamos de ponernos más cómodos. Así que, en tan limitado espacio, dormimos unos encima de otros. Esto de los autobuses llenos hermana mucho.


A las 8 de la mañana del 20 de Agosto llegamos a nuestro destino: Ulán Bator.
En el taxi que nos llevaba hasta el centro de reuniones de la organización, pasaban por mi mente todas las vivencias acumuladas: más de 15 países, muchas culturas diferentes, diversos idiomas, risas, momentos de tensión, gente extraordinaria y al final de todo una buena sensación. Y eso que no era así cómo pensaba que llegaría a la capital de Mongolia. Imaginábamos llegar triunfantes a la línea de meta, pero este viaje siempre te sorprende. Nunca nada acaba siendo como esperabas.



Han sido casi 40 días de viaje, hace ya mucho de aquella fiesta en el castillo medieval de Klenová, de que nos asustáramos con la conducción de los Serbios, de nuestras esperas en las fronteras, de ferri de Azerbayán, de nuestra sorpresa al ver animales sueltos por las calzadas…
Hace 5000 km que no podemos comunicarnos verbalmente con las gentes locales y, sin embargo, nunca nos ha faltado la ayuda que hemos necesitado. La voluntad de entendimiento del ser humano no conoce límites.
De alguna manera, todos hemos cambiado. La perspectiva de las cosas no es la misma cuando puedes mirar más allá.
Ahora entendemos que es un rally solidario en más de un sentido. No sólo hemos ayudado a los que tienen menos, sino que ellos nos han ayudado también. Es un viaje muy difícil y exigente, a veces las cosas salen mal, pero siempre hemos encontrado una mano amiga. No pasa nada si tu coche se queda atascado en mitad de ningún sitio o si no tienes agua o un lugar donde dormir… siempre hay alguien dispuesto a compartir.
En cuanto al resto de equipos, nos hemos convertido en una gran familia. Aunque no los conocieras de nada, sus pegatinas en el coche te hacían un poco parte de su equipo. Ha habido algunos, como la ambulancia del equipo A, que llegó a Ulán Bator con ocho personas a bordo (los que habían roto sus coches ya).
Ha sido una gran experiencia, sin duda irrepetible, que nos ha hecho crecer. Ahora somos un poco más grandes.
Tags: autobús, meta, Mongol rally 2009, Mongolia, Ulan Bator








Proseguimos el viaje por estas llanuras inmensas, sin vegetación pero con todo tipo de fauna, y nos fuimos reencontrando a otros equipos.






Dormimos en Khovd, donde pudimos ducharnos, adecentarnos un poquito y entablar conversación con un curioso personaje local. Telec, que hablaba inglés con mucha fluidez (cosa muy extraña en Mongolia, expecialmente fuera de Ulan Bator), nos contó como había sido campeón de boxeo en su región dos años consecutivos, pero que realmente era profesor de inglés y estaba escribiendo el primer diccionario inglés – mongol moderno.
















A eso de las 11 de la mañana salimos de la frontera. Aún tuvimos tiempo de ver a otros compañeros que iban llegando. Qué alegría reencontrarse con equipos con los que has compartido alguna etapa. De alguna manera, los sientes como tu única familia cuando encuentras alguna dificultad tan lejos de casa.






acercamos a preguntar si nos dejaban dormir allí con ellos esa noche. El chico lo pensó un poco, pero, finalmente, nos dijo que sí.



Cuando alcanzamos por fin la frontera de Mongolia, comenzamos a realizar los trámites habituales: enseñar los pasaportes, ir a una ventanilla a rellenar formularios, enseñar los pasaportes, asegurar que ni por asomo tienes gripe A, pagar algún dólar extra, enseñar los pasaportes… pero la realidad es que fueron unas gestiones ágiles.










Por fin llegamos a la frontera. Sabíamos que estaría cerrada, pero queríamos acampar allí para ser los primeros en entrar por la mañana. Detrás de nosotros, aparecieron más equipos.









