o Atravesando los montes de Altai

Salimos de Barnaul pensando que nos quedaban 200 km escasos hasta la frontera mongola, para enseguida llevarnos el chasco de que faltaban más de 700 km. La parte buena era que teníamos que atravesar los montes Altai, una cordillera espectacular, que se extendía y se extendía. Parecía no tener fin.

Atravesamos sus laderas y sus valles, bañados de caudalosos ríos y de otros más medianos, rodeados de frondosos bosques y montañas con los picos nevados durante horas y horas y horas.

Por fin llegamos a la frontera. Sabíamos que estaría cerrada, pero queríamos acampar allí para ser los primeros en entrar por la mañana. Detrás de nosotros, aparecieron más equipos.

Estamos en agosto y, sin embargo, la temperatura no superaba los 5 grados. Caímos en la cuenta de que estábamos en Siberia y aquí, el frío y el viento no dan tregua ni en verano. ¿Estábamos preparados para soportar esa temperatura? Simplemente, no. Nos pusimos todo, absolutamente todo lo que teníamos para abrigarnos y, creedme, creo que nunca en mi vida he sentido una sensación igual. No había forma de entrar en calor. Durante la noche se alcanzaron los 3 grados. Es, lo que podríamos decir en términos manchegos, un frío negro. Sobre todo, cuando te has hecho la mochila en ese Albacete de 37 grados y ni remotamente piensas que vas a necesitar en el verano algo más que una sudadera recia.

The Adventurists, la empresa organizadora del Mongol Rally, nos había avisado vía sms de que el trámite en la frontera mongola se venía realizando con una media de 24 horas. Pero en la parte de la salida de Rusia, las gestiones fueron más o menos rápidas. Estábamos contentos con nuestra suerte. Qué gran engaño.


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o Desde Rusia, con amor

A eso de las cuatro de la mañana salimos de la frontera y, tras dormir un par de horillas en el coche, nos dirigimos hacia Barnaul, la ciudad más al norte de nuestra ruta.

Un nuevo país, un nuevo paisaje. Todo verde con hileras de árboles por todos los lados y una fresquísima hierba cubriendo todo el suelo. No se veía ni un trozo de tierra. En nuestra ignorancia, pensábamos que más allá de Moscú, Rusia se tornaría tan desarreglada como el resto de ex repúblicas soviéticas que habíamos visitado ya. Nada más lejos. Las carreteras eran excepcionalmente buenas. Poco tenían que envidiarle a las que dejamos atrás hace un mes en la vieja Europa.


Llegamos a Siberia y empezamos a pasar frío

En Barnaul nos alojamos. Necesitábamos algo de descanso y una buena ducha. Varios días acampando habían hecho mella en nuestra higiene.

Barnaul es una próspera ciudad industrial con una distribución un poco extraña para nuestros ojos occidentales. No existe un centro ciudad del que salen el resto de calles. Hay grandes avenidas llenas de centros comerciales, sin escaparates a la vía y enormes bloques de edificios, pero no pegados los unos a los otros. Cada finca está exenta de las que la rodean. Ya no son tan grises como las que vimos en Tukmenistán, por ejemplo. Ahora decoran las fachadas de colores, lo que le da un aspecto algo menos serio y triste.


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o


Almati fue la antigua capital de Kazajistán, hasta que hace unos diez años se desplazó a Astana, para que
creciera la población en el norte del país. Su nombre significa “padre de las manzanas” porque parece ser que esta fruta tiene su origen en las montañas que rodean la ciudad. Quizás por eso, en ella se encuentran numerosos puestecillos donde las venden y está llena de estatuas que representan dicha fruta.

Almati es una gran ciudad “a la europea” y se distingue por ser multirracial. Conviven en ella rusos, kazajos, coreanos, chinos, europeos…

A decir verdad, de la ciudad no vimos mucho, pero aprovechamos que nos habíamos reunido tres equipos españoles para darnos un pequeño homenaje en la discoteca más chic de la ciudad.

A la mañana siguiente, seguimos la ruta.

Kazajistán es un país tan enorme (hemos tardado 4 días en atravesarlo) que sus paisajes se van alterando para dar mil y una imágenes distintas: comenzamos con las llanuras del Far West; seguimos por zonas de pradera con montes redondeados; inmensas estepas de diversas tonalidades de amarillos y ocres que se extendían hasta perderse de nuestra vista, sólo interrumpidas por la línea gris de la carretera; grandes cielos abiertos; de repente, bosques de coníferas…

No importa que Kazajistán no tenga acceso al mar. Está salpicado de amplísimos lagos salados que harían palidecer de vergüenza al Mar Menor. Y en uno de ellos, nos bañamos.

Ya comentamos que Kazajistán es un país muy poco densamente poblado. Es cierto. Hubo tramos de carretera de más de cien kilómetros en los que no encontramos ni un atisbo de civilización humana.

Llegados a este punto de la narración, cuando hemos sobrepasado ya el kilómetro diez mil de la aventura, vemos necesario hacer un balance de daños de nuestro bólido. Tranquilas, madres, que se está portando como una campeona (escribo esto cruzando hasta los dedos de los pies). Sólo un reventón y un pinchazo, inevitables dado el estado del mal llamado “firme”, y la rotura de un fusible que provocó la inactividad de nuestro velocímetro. Era gracioso verlo a cero. Parecía que era el paisaje el que se movía y no nosotros. No obstante, el manitas de Roque tiene ya todo arreglado.

Este rally es como un gran videojuego. En cada etapa vas descubriendo trucos y desarrollando habilidades que te son útiles después. Así, por ejemplo:

  • En Serbia aprendimos que una nacional no tiene porqué tenerle envidia a una autopista. Dos carriles con arcén pueden convertirse en cuatro.
  • En Turquía descubrimos que usar el claxon a todas horas indiscriminadamente puede salvarte de algún apuro circulatorio.
  • En Turkmenistán, que la paciencia en las fronteras no es sólo una gran virtud, sino tu única arma.
  • Y en Kazajistán, que no es necesario parar en los controles policiales. Ni aunque te echen el alto. Detenerse es pagar (siempre te quieren multar por algo como conducir sin camiseta o sobrepasar el límite de velocidad que inventa el policía sobre la marcha). No estamos para perder tiempo ni dinero.

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o ¡Siga a esa ambulancia!

Una vez que nos abrieron la frontera, a las 7 de la mañana, aún tuvimos que esperar cuatro horas más para salir. La mala organización y el hecho de que nada esté informatizado (copian a mano los datos en cuatro lugares distintos, con la dificultad que supone dado el cambio de alfabeto) son las razones primordiales para que los trámites sean tan sumamente tediosos.

Por fin, estábamos dentro.

Kazajistán es el noveno país más grande del mundo, pero con una bajísima densidad de población (menos de 6 habitantes por kilómetro cuadrado). Su paisaje recuerda a las grandes praderas que hemos visto en las películas del lejano oeste. No es extraño, de hecho, encontrar vaqueros montados a caballo guiando sus reses. Y por el sur, el país se encuentra bordeado por una espectacular cordillera, el Tian Shan, coronada por nieves perpetuas.

Decidimos seguir nuestra ruta con El Equipo A Mongolia, compuesto por cuatro veinteañeros que están realizando la aventura con una espectacular ambulancia cedida por la comunidad de Madrid, y que hace las veces de mini-apartamento.

Si ya nos pitaban normalmente, yendo con ellos, la carretera es una auténtica verbena. Tanto llaman la atención que hasta nos paró un coche de reporteros de la televisión de Astana para hacernos una entrevista.

Al lugar donde nos detuvimos para ello, fueron llegando (y parando) otros tres equipos del rally y decidimos ir todos juntos en convoy hasta Almati para pasar la noche.


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o Las cosas de palacio van despacio

Nos levantamos temprano para llegar pronto a la frontera y poder entrar en Kazajistán ese mismo día. Estuvimos preguntando en Tashkent por dónde se accedía a la frontera kazaja y la misión no resultaba fácil, porque no hablamos ruso ni ellos inglés y, además, porque la ciudad no es pequeña precisamente.

Cuando ya la teníamos casi enfrente, uno de los cientos de controles policiales que hay en el país nos informó cordialmente de que la frontera estaba cerrada y nos indicó otra… Nos tocó desandar unos 80 kilómetros de camino, pero la encontramos.

Allí estaban esperando para cruzar por lo menos otros 10 equipos del rally.


Esperando con El Equipo A Mongolia

Nosotros llegamos sobre la una del medio día y aquello tenía pinta de ir para rato… ¡Y tanto! A las siete de la tarde solo cuatro coches habían conseguido cruzar, y la frontera cerraba a las ocho. Era evidente que nos iba a tocar dormir allí, como así fue.

Lejos de desanimarnos, montamos una pequeña fiesta fronteriza: los italianos cocinaron pasta para todos; los que sabían de mecánica revisaron los coches de los demás; otros sacaron las guitarras, los gallegos aportaron un terrible cd de chistes de Arévalo; organizamos incluso una pequeña liguilla de mus…

Entre unas cosas y otras compartimos las anécdotas y vivencias que cada uno había encontrado en su camino.

Todos los que habían atravesado Irán en su ruta se mostraban entusiasmados por la experiencia. Coincidían en la belleza del país y en la amabilidad de sus gentes.

Cuando se fue la luz, montamos nuestras tiendas y allí dormimos. Tantas horas perdidas en la frontera nos obligarían a hacer kilómetros al día siguiente y para ello había que descansar.



Recibimos el CD de los chistes de Arevalo que se había traido Scratch Galicia de la mano de los asturianos de Marco Polo


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o Samarkanda is not the problem



Salimos por la mañana camino de Samarcanda. Comimos allí y nos dimos una vueltecilla por el Registán, un majestuoso y gigantesco conjunto de madrasas y mezquitas (las más antiguas que se conservan en Asia Central), pero seguimos ruta sin hacer noche allí. Habíamos perdido demasiado tiempo en Bukhara.


Uzbeko con tubeteika


En el Registán con Poch, de Marco Polo Team


De camino a la frontera descubrimos algo que no habíamos visto todavía: coches de policía de cartón a tamaño natural, que de lejos dan el pego y de cerca, risa.


Este policia no era falso, pero estaba durmiendo

No pudimos hacer foto, pero era muy parecido a este de Turquía. La foto es de Rastar

Nuestro objetivo era alcanzar Tashkent, la capital uzbeka, esa misma noche. En el camino, de repente, nos encontramos con lo que no hubiéramos querido ver en todo el viaje: otro equipo del Mongol Rally había tenido un accidente. Paramos, preguntamos y parece que, afortunadamente, las consecuencias no fueron muy graves: el coche, siniestro total. Pero los pasajeros sólo magulladuras y alguna pierna rota.


Nos dejó el ánimo bastante afectado. Aún así, decidimos que teníamos que seguir camino, como no podía ser de otra manera (el otro equipo ya estaba siendo atendido e insistieron en que no necesitaba nada más). Sin embargo, empezamos a pasar algo de miedo porque la conducción nocturna en estos países es una auténtica locura: ciclistas, hombres que cruzan la autovía, por supuesto sin chaleco, todos los coches con las largas puestas y la amenaza continua de que pueda existir algún animal suelto y no me refiero a un perro pequeño.

Así que, a mitad de ruta, decidimos parar. Llegariamos antes a Tashkent si esperábamos a la mañana. Fue entonces cuando volvimos a dar con nuestros huesos en otro hotel de la antigua Unión Soviética. Este hotel, era enorme y con espaciosísimos pasillos alfombrados que nos recordó poderosamente al de El Resplandor. Pero no lo regentaba un Jack Nicholson medio loco, pero sí una uzbeka chinesca con bastante mala leche, todo sea dicho de paso.


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o ¡Bukhara, qué hermosa eres!

El centro histórico de la ciudad de Bujara (o Bukhara) fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1993. La ciudad se fundó alrededor del siglo VI en torno a un oasis y enseguida se convirtió en una pieza importante del imperio persa. En los tiempos de la Ruta de la Seda, en los primeros siglos del milenio pasado, tenía varios caravasares.

Los caravasares son construcciones fortificadas que servían de resguardo y avituallamiento para los comerciantes de la ruta. Las ciudades donde vendían sus mercancías distaban muchos kilómetros entre sí, y como los caminos que la rodeaban eran el hábitat común de bandidos y ladrones, los caravasares se convirtieron en un lugar seguro. Bukhara conserva todavía ese antiguo encanto. Es de las pocas ciudades antiguas que no fue remodelada durante las épocas rusa y soviética.

Como estábamos llegando a la mitad del viaje y Bujara nos había conquistado, decidimos quedarnos dos noches aquí y buscar algún hotel que fuera más allá de un catre para dormir y una ducha caliente o fría por la mañana, que es lo que tuvimos antes y después de Bujara. Queriamos reponer fuerzas de verdad.

Tuvimos la suerte de encontrarnos el Amulet Hotel: una antigua madrasa restaurada de principios del siglo XIX que comunicaba con la puerta del patio con una mezquita del siglo XVI.

El edificio era pequeño pero espectacular. Al cruzar la puerta daba la sensación de que entrabas en la época de los cuentos orientales, con sus princesas, sus mercaderes y sus sultanes. Las habitaciones eran coquetas y estaban limpísimas… Allí redescubrimos el concepto de la ducha por placer y no por necesidad. Nos cautivaron tanto el hotel y la ciudad que decidimos darnos aquí el descanso de dos días y nos dejamos llevar por sus platos típicos, el sonido de sus fuentes, sus bazares e incluso un baño con masaje en un hamman.

Fueron un par de días muy agradables en compañía de los asturiano Marco Polo Team que habían tenido la misma idea que nosotros.


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o Wilkommen, Bienvenue, Welcome

Como nos acostamos pronto debido al toque de queda turkmeno, fue fácil madrugar. Mary seguía igual de fea por la mañana, así que nos fuimos rápidamente para intentar cruzar la frontera uzbeka ese mismo día. Sin embargo, nos costó bastante llegar. La razón no fue otra (este dato creo que aún no lo había comentado), que la insuficiencia de carteles en todo el país. Y más que insuficiencia, podría decir que sólo existen concretamente tres: uno que te anuncia Ashgabat, otro de Mary y el de Turkmenabat. Y así no hay quien se aclare.



Los kilómetros turcomanos que nos quedaban eran todos por el desierto del Karakorum: dromedarios, arena en la carretera, una inmensa recta y, en condiciones normales, mucho calor. Sin embargo, tuvimos la suerte de que estuvo todo el día nublado e incluso llovió, así que la travesía fue agradable.


El tramite en la frontera fue rápido y sin irregularidades. No tuvimos que soltar ni un dólar más (a Dios gracias). Eso sí, un teniente madurito hizo amago de ligar conmigo. Nada mejor que inventarse un marido para evitar tan desafortunados flirteos fronterizos.

Al entrar en Uzbekistán nos paramos en el primer pueblo que encontramos para comprar agua. Como por ensalmo, apareció de la nada una treintena de personas (grandes y niños), que rodeaban nuestro coche con curiosidad. Yo no había visto cosa igual desde Bienvenido, Mr Marshall. España, Real Madrid, Barça fue, eso sí, la única conversación que logramos mantener.


En las carreteras, además de los dichos, se sumó un animal nuevo: el burro. Burros durmiendo, burros pastando, burros con carros, burros rebuznando. Doy fe de que en Uzbekistán este animal está lejos del peligro de extinción.

Hacia escasos kilómetros que habíamos abandonado Turkmenistán y todo era distinto, sin embargo: cultivos, zonas verdes y gente, mucha gente. Niños, mujeres, ancianos y más niños. Las carreteras y sus márgenes son un auténtico hervidero de personas, aparecen de cualquier parte y en cualquier sitio, como la mediana de una autopista alejada de cualquier población.

Y llegamos a Bukhara.


Escrito por Luisa |  Archivado en Diario de viaje | Aún no ha comentado nadie :(

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