
Salimos de Barnaul pensando que nos quedaban 200 km escasos hasta la frontera mongola, para enseguida llevarnos el chasco de que faltaban más de 700 km. La parte buena era que teníamos que atravesar los montes Altai, una cordillera espectacular, que se extendía y se extendía. Parecía no tener fin.

Atravesamos sus laderas y sus valles, bañados de caudalosos ríos y de otros más medianos, rodeados de frondosos bosques y montañas con los picos nevados durante horas y horas y horas.
Por fin llegamos a la frontera. Sabíamos que estaría cerrada, pero queríamos acampar allí para ser los primeros en entrar por la mañana. Detrás de nosotros, aparecieron más equipos.
Estamos en agosto y, sin embargo, la temperatura no superaba los 5 grados. Caímos en la cuenta de que estábamos en Siberia y aquí, el frío y el viento no dan tregua ni en verano. ¿Estábamos preparados para soportar esa temperatura? Simplemente, no. Nos pusimos todo, absolutamente todo lo que teníamos para abrigarnos y, creedme, creo que nunca en mi vida he sentido una sensación igual. No había forma de entrar en calor. Durante la noche se alcanzaron los 3 grados. Es, lo que podríamos decir en términos manchegos, un frío negro. Sobre todo, cuando te has hecho la mochila en ese Albacete de 37 grados y ni remotamente piensas que vas a necesitar en el verano algo más que una sudadera recia.
The Adventurists, la empresa organizadora del Mongol Rally, nos había avisado vía sms de que el trámite en la frontera mongola se venía realizando con una media de 24 horas. Pero en la parte de la salida de Rusia, las gestiones fueron más o menos rápidas. Estábamos contentos con nuestra suerte. Qué gran engaño.



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Tags: Altai, Mongol rally 2009, rusia





creciera la población en el norte del país. Su nombre significa “padre de las manzanas” porque parece ser que esta fruta tiene su origen en las montañas que rodean la ciudad. Quizás por eso, en ella se encuentran numerosos puestecillos donde las venden y está llena de estatuas que representan dicha fruta.








Llegados a este punto de la narración, cuando hemos sobrepasado ya el kilómetro diez mil de la aventura, vemos necesario hacer un balance de daños de nuestro bólido. Tranquilas, madres, que se está portando como una campeona (escribo esto cruzando hasta los dedos de los pies). Sólo un reventón y un pinchazo, inevitables dado el estado del mal llamado “firme”, y la rotura de un fusible que provocó la inactividad de nuestro velocímetro. Era gracioso verlo a cero. Parecía que era el paisaje el que se movía y no nosotros. No obstante, el manitas de Roque tiene ya todo arreglado.
Una vez que nos abrieron la frontera, a las 7 de la mañana, aún tuvimos que esperar cuatro horas más para salir. La mala organización y el hecho de que nada esté informatizado (copian a mano los datos en cuatro lugares distintos, con la dificultad que supone dado el cambio de alfabeto) son las razones primordiales para que los trámites sean tan sumamente tediosos.






Nos levantamos temprano para llegar pronto a la frontera y poder entrar en Kazajistán ese mismo día. Estuvimos preguntando en Tashkent por dónde se accedía a la frontera kazaja y la misión no resultaba fácil, porque no hablamos ruso ni ellos inglés y, además, porque la ciudad no es pequeña precisamente.
Lejos de desanimarnos, montamos una pequeña fiesta fronteriza: los italianos cocinaron pasta para todos; los que sabían de mecánica revisaron los coches de los demás; otros sacaron las guitarras, los gallegos aportaron un terrible cd de chistes de Arévalo; organizamos incluso una pequeña liguilla de mus…













El centro histórico de la ciudad de Bujara (o Bukhara) fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1993. La ciudad se fundó alrededor del siglo VI en torno a un oasis y enseguida se convirtió en una pieza importante del imperio persa. En los tiempos de la Ruta de la Seda, en los primeros siglos del milenio pasado, tenía varios caravasares. 














una antigua madrasa restaurada de principios del siglo XIX que comunicaba con la puerta del patio con una mezquita del siglo XVI. 













Como nos acostamos pronto debido al toque de queda turkmeno, fue fácil madrugar. Mary seguía igual de fea por la mañana, así que nos fuimos rápidamente para intentar cruzar la frontera uzbeka ese mismo día. Sin embargo, nos costó bastante llegar. La razón no fue otra (este dato creo que aún no lo había comentado), que la insuficiencia de carteles en todo el país. Y más que insuficiencia, podría decir que sólo existen concretamente tres: uno que te anuncia Ashgabat, otro de Mary y el de Turkmenabat. Y así no hay quien se aclare.






















