
Creedme, la carretera es así de recta
Son bien curiosos estos turcomanos: ellas van ataviadas con hermosos vestidos y vistosos pañuelos que cubren los moños en los que recogen su pelo, ellos llevan las camisas inmaculadas y bien planchadas. Los ancianos, lucen barbas largas y recios gorros de lana. Da igual que los encuentres en un poblado entre dunas o en la capital. Los turcomanos son un pueblo elegante. Elegante, limpio y muy amable.
Nos sorprendía ver que todos los coches estaban relucientes. Bien pronto descubrimos la razón: se multa a los coches que están sucios. No importa que vengas del desierto, antes de entrar a la ciudad, debes pasarle un trapico por encima. Deberíamos importar este tipo de costumbres.
Ashgabat emerge en medio del desierto con una espectacularidad que casi parece de mentira: grandes avenidas perfectamente iluminadas e infinidad de enormes edificios de impoluto mármol blanco. Parece ser que Niyazov, su antiguo presidente, era un obseso de a pulcritud. Tanto es así, que una vez visitó un pueblo que no se encontraba en unas condiciones higiénicas aceptables para él y, al día siguiente, unos Bulldozers borraron aquel pueblo sin miramiento alguno.
Ese presidente, que cuenta con un historial de excentricidades bastante importante como: cambiar los nombres de los meses por los de sus familiares y amigos, prohibir a los dentistas que pusieran dientes de oro, abolir la ópera y el ballet por considerarlos ajenos al pueblo turkmeno o sustituir los nombres de la calles de Asgabat por números de cuatro cifras (que menudo pisto), tiene estatuas suyas doradas regadas por todo el país. En Asgabat ya vimos unas cuantas. La más sorprendente es la que corona el arco de la neutralidad. Mide unos 12 metros de altura y reposa sobre un sistema giratorio que se mueve con el sol para evitar que el rostro del presidente pueda quedar en sombra. Otras son estatuas de Lenin, reconvertidas en Niyazov con un simple recambio de cabeza.

Otro de sus monumentos importantes es el que rememora el terremoto que destruyó la ciudad en 1948. En Asia central existe la creencia de que un toro sujeta al mundo en sus astas y cuando se enfada, la tierra tiembla.

En el centro de la ciudad no hay ni un solo papel en el suelo, de hecho, está incluso prohibido fumar en la calle. Cómo son.
Como ya dijimos, Turkmenistán es un estado policial, por lo que la represión es tremenda. Parece ser que están pinchadas todas las redes telefónicas y que hay escuchas en hoteles y restaurantes. Se encuentra, además, un policía en cada esquina de la ciudad, y os aseguro que no es ninguna exageración.
Habíamos leído en foros que existía toque de queda en las ciudades: a las 11 en casa. Sin embargo, en las guías no aparece e incluso los lugareños lo negaron rotundamente. Pero lo hay. Estábamos cenando tranquilamente en un restaurante de la ciudad, cuando de repente, todo el mundo comenzó a meterse en sus coches y salió pitando hacia su casa. Afortunadamente para nosotros, nos encontrábamos al lado del hotel. De todos modos, como parece que no quieren que se sepa en el exterior, con los turistas hacen la vista gorda.
Tras nuestro paseo asghabateño, reemprendimos la marcha con el fin de llegar lo más lejos posible. Las guías no indicaban ningún lugar interesante más que nos pillara de paso.
Seguimos entre dunas y el cielo nos regaló una maravillosa lluvia del desierto. Otro nuevo e inusual placer para nuestros sentidos.
Decidimos parar a comer y lo hicimos en un pequeño kafe que pegaba a la carretera. Por fuera parecía bastante cutrecillo, apenas un rectángulo de cemento cubierto por un tejado de chapa. Sin embargo, fue todo un acierto. El local, que estaba limpísimo, constaba de dos estancias: el comedor (un tarimón con alfombras y cojines) y la cocina.




Comimos la auténtica comida turkmena, la que comen ellos, no los típicos “apaños” para turistas.
Nos hizo mucha gracia ver cómo las chicas que regentaban el garito nos hacían fotos a escondidas. Aunque supongo que los lugareños verán igual de ridículo que seamos nosotros quienes los retratemos.
Al caer la noche llegamos a Mary, probablemente la ciudad más terriblemente fea que hayamos visto nunca: avenidas y grandes bloques de cemento, herencia del antiguo régimen soviético.
Una vez más, no obstante, volvimos a quedar impresionados por la amabilidad turcomana. Preguntamos a unos paisanos que tomaban el fresco en su puerta por el hotel que nos recomendaba la guía y uno de ellos, ni corto ni perezoso, enganchó su coche y nos dirigió hasta la mismísima puerta.
Del hotel sólo puedo decir que es un claro ejemplo de las construcciones de la Rusia Soviética: una gran mole gris que en su día debió ser incluso lujosa, pero en la que ahora el deterioro es absoluto, con agujeros en las paredes incluidos en el precio.
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En las afueras, que estaban repletas de calles sin asfaltar y de gentes deambulando como zombies (es lo más parecido a Resident Evil que habíamos visto en la realidad), un inmenso olor a gas invadió nuestro coche. Miramos fuera, para descubrir su procedencia, y vimos un gasoducto, bastante deteriorado, que emanaba chorros de gas en estado líquido. No parecía muy seguro. Seguimos hacia adelante.



La frontera turco-georgiana era una auténtico caos. Nada que ver con aquella otra limpia y bien cuidada por la que entramos.
Y llegamos a Batumi, ciudad de vacaciones. Una ciudad costera del mar Negro, que tiene toda la pinta de haber sido ciudad colonial de la antigua Unión Soviética. Grandes contrastes: caserones y chabolas, cochazos y coches tipo aquellos Seat 124. Y eso sí, muchos hombres caminando por la ciudad descamisados, “en panzas”. Y muchas vacas… muchas, muchas vacas sueltas, campando por sus respetos a las orillas de la carretera, e incluso durmiendo plácidamente dentro de ella.










De la ciudad costera que nos acogió la primera noche, partimos bien temprano para poder llevar a cabo una de las etapas más largas hasta el momento. Estuvimos unas 14 horas conduciendo, porque, aunque nos gusta Turquía, queríamos abandonarla en los menos días posibles para poder entrar en tierras verdaderamente desconocidas para nosotros.















