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16 de Agosto: Khovd – el predesierto del Gobi

Dormimos en Khovd, donde pudimos ducharnos, adecentarnos un poquito y entablar conversación con un curioso personaje local. Telec, que hablaba inglés con mucha fluidez (cosa muy extraña en Mongolia, expecialmente fuera de Ulan Bator), nos contó como había sido campeón de boxeo en su región dos años consecutivos, pero que realmente era profesor de inglés y estaba escribiendo el primer diccionario inglés – mongol moderno.




Además ejercía de guía-guardaespaldas para turistas extranjeros. No nos dejó muy tranquilos la cicatriz que tenía en la cara fruto de un encontronazo con mongoles cuando acompañaba a unos extranjeros. “Nunca pasa nada pero… mejor no acampéis en la zona desértica que hay antes de Altai” fue su recomendación.



Las pequeñas ciudades como Khovd o Altai consisten en apenas cuatro edificios, un bullicioso mercado y campos de gers. Aunque los mongoles se asienten en poblaciones, siguen prefiriendo habitar sus viviendas tradicionales: es más barato, más cálido y más confortable para ellos.



En todos los sitios lo único que se puede comer es arroz y cordero cocidos y leche y queso de yak. El queso tiene forma de turrón (del duro) y tiene textura de turrón (del duro), pero ni de casualidad sabe a turrón. Es más bien una terrible mezcla entre yogur agridulce y queso rancio. A ellos les encanta. A nosotros, no. Incluso hemos llegado a aborrecer ese peculiar olor que impregna todo en Mongolia: las casas, las ropas, las calles, los billetes…

A pesar del consejo de Telec, visto lo poco que tenían que ofrecer las ciudades, decidimos acampar al aire libre, al norte del desierto del Gobi. No hay dunas todavía, pero sí inmensas y áridas llanuras. Parece increíble que allí, donde apenas hay pastos, hayamos podido encontrarnos con todo tipo de fauna: caballos y camellos salvajes, buitres (algunos tan grandes que de lejos se confundían con personas), cabras, yaks, ovejas…


Impresiona sobre manera el cielo mongol. Por el día, las nubes parecen estar a ras de suelo. De noche el espectáculo de estrellas, en uno de los cielos menos contaminados de planeta, es sobrecogedor. Daba la impresión, por la nitidez con las que se veían las constelaciones, de que estabas en un planetario. Pudimos comprender el concepto de bóveda celeste: de pie, totalmente a oscuras, sin ninguna montaña ni otra cosa que obstaculizara nuestra vista hasta el remoto horizonte, estábamos totalmente rodeados de estrellas.

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