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28 de Julio: Gazakh – Baky (Azerbayán)

El hotel donde nos alojamos era, realmente, un merendero. Pero esta gente vio claro que podían sacarse unos dólares alquilándonos sus propias habitaciones, aunque ellos tuvieran que pasar una mala noche. Nosotros estábamos tan cansados que también nos dio igual el hecho de que tuvieran que sacar su ropa de las habitaciones, que no cambiaran las sábanas e incluso que el baño estuviera recién usado (y no precisamente para orinar) y que no hubieran tirado de la cadena…
Nos dieron una cena que consistió en un trozo de cordero no muy lechal (más bien murio el pobre cuando ya había dado toda la leche y la lana que pudo) y una ensalada. Lo de comer cordero anciano se convertiría a partir de aquí en una comida más que habitual.
Al despertarnos y tras desayunar al típico modo azerí (té, pan, queso, mantequilla y un huevo duro) seguimos la marcha.

Los personajes que regentaban el hotel

Luisa desayunando con Granito de Arena

El paisaje era absolutamente árido y desolador. El país parecía estar dividido por una gran vía principal, totalmente recta y en constantes obras, y a sus orillas unas escasas pequeñas y bastante pobres poblaciones. Más allá no parecía que hubiera mucho más.
Sorprendía ver cómo, a cada pocos kilómetros, había puestecillos de verduras y frutas regentados por hombres que soportaban, sin el más mínimo toldo, la dureza de un sol que pegaba a unos cincuenta grados. Estos mismos agricultores, al caer la tarde, llevaban sus mercancías hacia Baku en su propio coche que iba cargado, literalmente hasta las cencerretas.

No cabe ni el conductor

Todo aquello era una extraña antítesis de Georgia aunque se encontraran en el mismo punto, sin embargo, Georgia retrocede de una bonanza anterior mientras que Azerbayán está mejorando con fuerza hacía un mejor futuro. El petróleo y el gas natural de su subsuelo parece ser la clave.

Llegamos a Baku, una enorme ciudad a la europea, con altísimos y lujosos edificios, orientada única y exclusivamente a la ostentación: tiendas de primeras marcas, grandes boutiques, numerosísimos bancos e innumerables hoteles en construcción.

Campo petrolífero a las afueras de Baky
Buscamos el puerto, tarea nada fácil dado que estaba en una pequeñísima calle y sin ninguna señal indicadora, y cuando dimos con él nos reencontramos con otros muchos equipos que no habíamos visto desde la fiesta de Klenová.
Ellos mismos nos informaron del papeleo y nos advirtieron que no nos hiciéramos ilusiones porque algunos llevaban tres días en la ciudad y el barco que esperaban no había llegado. También nos advirtieron que los precios de Baku eran como los europeos y tuvimos ocasión de comprobarlo. No es que nos quisieran timar, que sí, y por supuesto lo hicieron siempre que tuvieron ocasión, incluso cuando no nos engañaban los precios eran bastante, bastante caros.
A eso de las ocho, nos comunicaron en el puerto que no había barco hasta el día siguiente a las diez de la mañana.
27 de Julio: Batumi – Gazakh (Azerbayán)

En Batumi, ciudad que permite la acampada libre, dormimos con nuestras tiendas en la playa. Cuando nos despertamos (si es que llegamos a dormir dado el escándalo que organizaron unos chiringuitos limítrofes), salimos de la ciudad.
En las afueras, que estaban repletas de calles sin asfaltar y de gentes deambulando como zombies (es lo más parecido a Resident Evil que habíamos visto en la realidad), un inmenso olor a gas invadió nuestro coche. Miramos fuera, para descubrir su procedencia, y vimos un gasoducto, bastante deteriorado, que emanaba chorros de gas en estado líquido. No parecía muy seguro. Seguimos hacia adelante.
Tan pronto como salimos de Batumi el paisaje costero cambió radicalmente, para convertirse ante nuestros ojos en una auténtica selva absolutamente verde, algo que jamás hubiéramos sospechado que existiría en estas latitudes.
Si al inicio del país nos había sorprendido ver a las vacas sueltas por doquier, la cosa no mejoró al ir adentrándonos en el territorio, más bien se fueron sumando clases de animales a la granja ambulante de Georgia: cerdos, ocas, cabras, caballos… y muchos, muchísimos perros.
Realmente, Georgia nos estaba agradando, contra todo pronóstico. Había cosas ciertamente increíbles. Por ejemplo, una estatua de Don Quijote en un cruce de caminos, buenas carreteras y, aunque suene morboso, sus cementerios: la costumbre georgiana es enterrar a sus muertos en tumbas y no en nichos, al menos es así en los cementerios rurales, pero no ponen una lápida con una pequeña foto del finado, sino mármoles de un metro de altos con fotos o grabados de cuerpo entero. Daba la impresión de que estaban vivos, de pie, observando a los coches que circulan por la carretera.

Cementerios caucasianos
Conforme el selvático verde inicial se fue tornando ocre, los pequeños pueblos fueron cada vez menos frecuentes, las carreteras empeoraban (hasta el punto de desaparecer en algunos tramos) y las gentes que nos encontramos parecían tristes y desocupadas. Cada vez se veían más gasolineras abandonadas y áreas de servicio muy deterioradas, que aún dejaban traslucir algún mínimo detalle de un antiguo esplendor. Los perros, cada vez más famélicos. Era fácil suponer, viendo aquello, que la independencia de la antigua Unión Soviética había hecho mella en este país poco fértil (salvo el sur) y con escasa industria, que se hallaba en un evidente retroceso.

Los carteles estaban en otro alfabeto más: el georgiano
Alcanzamos la frontera a eso de las cinco de la tarde. Nos invadió la desesperación al ver una fila inmensa de camiones que tambien pretendían entrar y, por lo que pudimos enterarnos preguntando, iba la cosa como para cinco horas de espera. No os podéis imaginar cómo era aquel lugar: sucio, lleno de serpientes (según nos dijeron) y era más que probable que tuviéramos que acampar allí.
Eva, de Granito de Arena, “convenció” a la policía para que nos dejara pasar… pero yo seguía teniendo en mi mente el pasaporte roto… En breve sabríamos si me dejaban pasar o me debía volver a casa. Menudos nervios.

Saltándonos una cola de varios kilómetros, ¡gracias, Eva!
Nos tocó el turno de entregar nuestra documentación en la frontera. Yo estaba bastante preocupada, porque todos los policías de la salida de Georgia repararon en su rotura e hicieron comentarios poco halagüeños. Yo no quería pegarlo por si decían que lo había manipulado. Así que, ahí estábamos, frente a una decena de jóvenes militares con sus ametralladoras y teníamos que mostrarles nuestros documentos.
Cuando entregué el mío no pusieron muy buena cara y me condujeron a la garita de un superior, acompañada por un soldado que, más o menos, hablaba inglés.
Por lo que entendí, y viendo sus rostros, tenía un problema.
Me puse a llorar, dije que no sabía qué hacer, que tenía que atravesar cinco fronteras más, que en el país no había embajada española…
El oficial, un señor gordo con bigote, muy serio, abrió un maletín. Me temblaban las piernas. Para mi sorpresa de allí sacó… ¡unas tijeras y papel celo! Y entre los dos (porque me pidió ayuda) estuvimos arreglando mi pasaporte como dos escolares pegando un collage. Lástima no tener fotos de tan grotesca escena, pero no estaba la ocasión para reportajes.
Roque, que tuvo mucho éxito con un militar algo sarasa, mientras tanto, entregó los papeles del coche y una serie de dólares para pagar cosas que se iban inventando sobre la marcha… Era evidente que nos veían “euros con patas” y que en el país había bastante corrupción.
Terminados los trámites, ya de noche, nos adentramos en el país en busca del hotel que nos habían indicado.
No había carretera, solo una pista de arena por la que cruzaban zorros y chacales y no se veía ninguna luz por ningún sitio.
A unos 40 km encontramos el hotel y allí dormimos. Queríamos madrugar para poder llegar a Baku cuanto antes y coger el ferry que nos llevaría a nuestro siguiente destino: Turkmenistán
Fin de los trámites
Por fin, ayer dimos por terminados los últimos papeleos del viaje y hay que decir que esta vez todo fue sobre ruedas, sin ningún contratiempo, por lo que pudimos acabar con ellos en un sólo día.
El primero era conseguir el visado de Azerbayán, ya que debido a los problemas en Irán, hemos tenido que cambiar de ruta a última hora. Pero tenemos que decir que la cónsul azerí fue absolutamente encantadora y nos los dio en el mismo día para que no tuviéramos que viajar expresamente a Madrid sólo para eso.

Como apunte diremos que, tras ver el lugar donde se encuentra la embajada de Azerbayán, ahora entendemos lo de las fiestas del embajador (creo que no necesita Ferrero Rocher para conquistar a sus invitados).

Luego nos fuimos a buscar la aduana para dar de baja nuestra furgo, dado que no creemos que vaya a volver a España nunca más, lleguemos a Ulán Bator (ojalá) o no.
En la aduana pudimos comprobar que se puede trabajar en verano y no estar de mala leche, y que puedes ser majo y agradable aunque estés realizando los siempre farragosos trámites burocráticos. Nos facilitaron muchísimo todo y nos hicieron muy amena la espera.

Cuando salimos a buscar el número de bastidor del coche (cosa que no hubiera sido posible dado que cada modelo de coche lo lleva en un lugar, normalmente bastante poco intuitivo, sin la ayuda de uno de los funcionarios, natural de Portugalete, que podéis ver en la foto junto a Roque).

Y hubo una grata sorpresa final: nos encontramos en la aduana con los Conquistadores, que habían ido, como es obvio, a lo mismo que nosotros.

En definitiva, podríamos decir que el último día de trámites fue un buen día.
Bakú
El Bakú más viejo es el más pequeño. No sólo es pequeño sino que además es tan abigarrado y está tan repleto que cuando entro en él, instintivamente aspiro una buena bocanada de aire para comprobar si tendré con qué respirar. Si uno se queda aquí con los brazos abiertos puede acariciar con una mano al bebé que duerme en la casa de la izquierda y con la otra coger la pera que nos han ofrecido en la mesa de la casa de enfrente
[...]
La CIudad Vieja de Bakú, no obedece a ningún plano, o tal vez obedezca a alguno, ero de ser así, este es tan surrealista que una cabeza normal es incapaz de comprenderlo.
Así era el barrio antiguo de Bakú cuando lo visito Kapuscinski en 1967. Han pasado más de 40 años y me temo que el barrio antiguo debe haber perdido bastante desde entonces, pero aún así Bakú es nuestra mejor alternativa a Irán mientras cruzamos los dedos para que Rusia y Georgia no se tiren los trastos a la cabeza otra vez este verano. O al menos que se esperen hasta Agosto.
Esto es Bakú a día de hoy, parece que sigue habiendo calles estrechicas
Ver mapa más grande
Cuenta también Kapúscinski en su libro como en azerí, el idioma de Azerbaiyán, siempre han significado algo los nombres de mujer: Flor (Gulnara), Narciso (Narguis), Primavera (Bahar), Clara (Aydyn)…
Esto no tendría nada de particular, en español también ocurre y supongo que en muchos otros idiomas, si no fuera porque tras la Revolución Rusa empezaron a llegar cosas modernas al campo y claro, la gente empezó a llamar a sus hijas Tractor, Naranjada, Chófer… incluso Finotdiel, que significa Agencia Tributaria (vamos, el equivalente azerí, ya me entendéis).
Más información en El Imperio de Ryszard Kapuscinski.
El caviar rojo no es caviar
Lo que casi seguro que no comeremos en este viaje, es el típico manjar del Caspio: el caviar. No porque no nos guste, sino por el precio más que nada. Hoy en día, esto es un manjar que se pueden permitir muy pocos, pero no siempre fue así.
El caviar son los huevos de la hembra del esturión (principalmente). Algunas de las variedades de esturión más apreciadas son el beluga, el ossetra o el sevruga, y todas ellas se pescan en el mar Caspio. De ahí que sean Irán, Rusia y Azerbaiyán los principales productores. Lo que se conoce como caviar rojo, son huevas de salmón y eso, técnicamente, no es caviar.
Fueron los persas los primeros que empezaron a consumir caviar en la antigüedad, ya que pensaban que aportaba resistencia física y fuerza. Es decir que lo comían como una especie de reconstituyente, no como una exquisitez. En Rusia durante la Edad Media lo comían las clases más bajas como sustituto de la carne en días de ayuno; comer caviar era una penitencia.
Por extraño que parezca, ya Cervantes mencionó el caviar en El Quijote (capítulo LIV):
Tendiéronse en el suelo, y, haciendo manteles de las yerbas, pusieron sobre ellas pan, sal, cuchillos, nueces,rajas de queso, huesos mondos de jamón, que si no se dejaban mascar,no defendían el ser chupados. Pusieron asimismo un manjar negro que dicen que se llama caviar y es hecho de huevos de pescados, gran despertador de la colambre.
Llegó un momento en el que la aristocracia rusa empezó a verlo como una delicia. En una recepción a Luis XV, el embajador del zar quiso agasajarlo ofreciéndole una caja de caviar. Sin embargo, el monarca al probarlo, lo escupió. De esta manera se mantuvo el estatus de comida para pobres en el resto del mundo y delicatesen para la nobleza rusa.
Pero en esto llegó la Revolución Bolchevique y los aristócratas tuvieron que abandonar el país, llevándose con ellos su prestigio y sus costumbres. Y fue así como la clase alta europea y de EEUU descubrió que esas bolitas negras que ingería la oligarquía rusa en el exilio y que habían presentado en la Exposición Universal de París de 1925 eran bocatto di cardinale.
Más información en Wikipedia, la Historia del Caviar y Enciclopedia Gourmet
La foto de las cucharillas con el canapé de caviar es de stephan* y la del caviar en el recipiente plateado es de Marco Veringa
El Día de la Victoria
Este sábado pasado, el 9 de Mayo, tuvo lugar en los países ex-soviéticos la llamada Fiesta del Día de la Victoria.
Se conmemora el día en que el general de la alemania nazi Willhelm Keitel firmó la rendición absoluta en la Segunda Guerra Mundial. A pesar de eso, fue ahorcado y se le negó así su última voluntad (ser fusilado) tras los juicios de Nuremberg.
La capitulación se firmó el 9 de Mayo de 1945 a las 00:43, hora de Moscú. Sin embargo, como en Europa aún era 8 de Mayo, ésta es la fecha en la que nosotros conmemoramos la victoria aliada.
A día de hoy se sigue celebrando el 9 de Mayo como Día de la Victoria en Armenia, Azerbayán, Bielorrusia, Georgia, Kazajistán, Tayikistán, Turkmenistan, Ucrania y Uzbequistán, si bien en este último país ahora se llama el Día de la Memoria (Xotira va Qadirlash Kuni) para recordar a todos aquellos que perdieron su vida en la lucha contra el fascismo y por la libertad de su país. En las repúblicas ex-soviéticas esta celebración tiene unas connotaciones de nostalgía de su pertenencia al gran imperio. Probablemente de ahí viene el cambio de nombre en Uzbequistán.
Aunque los supervivientes de aquella guerra tendrían ahora como mínimo 80 años (suponiendo que empezaron a luchar con 16), siguen desfilando veteranos con sus chaquetas repletas de medallas.

En Kazakhnomad blog hay una pequeña crónica y más fotos de este día en Almaty, Kazajistán.
Es muy interesante visitar el reportaje fotográfico de The Big Picture.
Las fotos de los veteranos son de palexeymoscow y la de los aviones en la Plaza Roja de OmegaRus Holdings
Coger un barco en Azerbayán
Mientras decidimos si retomamos la ruta original vía Irán, vamos a contar alguna cosilla de la otra ruta: cómo funciona el Ferry desde Baku (Azerbayán) hasta Aqtau (Kazajistán)
No es tan sencillo coger el dichoso ferry, ya que parece que no tienen una agenda de salidas, sino que hasta que no se llena el barco, no sale. Y no es precisamente un botecito…
Por tanto, lo que hay que hacer es:
1.- Ir al muelle a apuntarse en una lista de espera.
2.- Llamar al menos una vez al día a la oficina a ver si ya tienen suficientes pasajeros apuntados como para que salga el Ferry.
3.- Una vez que tienen suficientes pasajeros te comunican el día y la hora a la que sale.
4.- Si por cualquier casualidad no llegas a tiempo, te quedas sin ferry y la historia vuelve a empezar.
Con este sistema, no es de extrañar que equipos de otros años se quedaran atascados en Baku hasta una semana, con la desesperación consiguiente.
Y luego el trayecto son sólo 20 horas…








