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29 de Julio: Baky – Mar Caspio

Cuando llegamos al puerto a las diez, dispuestos a embarcar, nos dijeron que el barco no saldría hasta las cinco. Y a las cinco, que a las nueve. Finalmente, embarcamos cerca de la medianoche, pero el barco no salió del puerto hasta bien entrada la madrugada.
En cualquier caso disfrutamos del día en el puerto con los casi treinta equipos que estaban esperando con nosotros. Después de todo era el primer día en el que no íbamos a conducir desde hacía casi dos semanas.







Cuando subimos al ferry, un hombre sin identificación nos pidió los pasaportes y dijo que nos los devolvería en Turkmenistan. Nos sonó tan raro que, por supuesto, nos negamos. Estabamos ya demasiado escarmentados de la caradura azerí. Discutimos, gritamos, nos enfadamos… pero el hombre nos informó (con la ayuda de un improvisado traductor) que si no se lo dábamos nos echaba del barco. Y así fue.
Una avanzadilla fue a la frontera para preguntarle a la policía si lo que nos pedía aquel individuo era legal… Y lo era. Así que, con las orejas gachas, entregamos nuestros pasaportes y subimos con la sensación de que al llegar a Turkmenistán nos pedirían dinero por recuperarlos.
En el barco teníamos camarotes. Disponían de un armario, un lavabo y cuatro literas. Así contado parece de ensueño, pero faltan un par de detalles: en el lugar donde deberían estar los chalecos salvavidas había un calcetín sucio y ¡aquellos colchones! Contando los rodales de sudor y, posiblemente orina, se podía saber cuántas personas habían dormido allí antes que nosotros. Rondarían las mil quinientas. Una sábana, nuestro saco y el cansancio extremo que acumulábamos lograron que nos evadiéramos de la inmundicia que reposaba debajo de nosotros. El resto del barco estaba viejo pero no mal. Salvo los baños a los que, sinceramente, no puedo describir.







