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Bakú
El Bakú más viejo es el más pequeño. No sólo es pequeño sino que además es tan abigarrado y está tan repleto que cuando entro en él, instintivamente aspiro una buena bocanada de aire para comprobar si tendré con qué respirar. Si uno se queda aquí con los brazos abiertos puede acariciar con una mano al bebé que duerme en la casa de la izquierda y con la otra coger la pera que nos han ofrecido en la mesa de la casa de enfrente
[...]
La CIudad Vieja de Bakú, no obedece a ningún plano, o tal vez obedezca a alguno, ero de ser así, este es tan surrealista que una cabeza normal es incapaz de comprenderlo.
Así era el barrio antiguo de Bakú cuando lo visito Kapuscinski en 1967. Han pasado más de 40 años y me temo que el barrio antiguo debe haber perdido bastante desde entonces, pero aún así Bakú es nuestra mejor alternativa a Irán mientras cruzamos los dedos para que Rusia y Georgia no se tiren los trastos a la cabeza otra vez este verano. O al menos que se esperen hasta Agosto.
Esto es Bakú a día de hoy, parece que sigue habiendo calles estrechicas
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Cuenta también Kapúscinski en su libro como en azerí, el idioma de Azerbaiyán, siempre han significado algo los nombres de mujer: Flor (Gulnara), Narciso (Narguis), Primavera (Bahar), Clara (Aydyn)…
Esto no tendría nada de particular, en español también ocurre y supongo que en muchos otros idiomas, si no fuera porque tras la Revolución Rusa empezaron a llegar cosas modernas al campo y claro, la gente empezó a llamar a sus hijas Tractor, Naranjada, Chófer… incluso Finotdiel, que significa Agencia Tributaria (vamos, el equivalente azerí, ya me entendéis).
Más información en El Imperio de Ryszard Kapuscinski.
Pican, pican los mosquitos…
La primera señal de un inminente ataque de malaria es una inquietud interior que empezamos a experimentar de repente y sin ningún motivo claro. Algo nos pasa, algo malo. [...] Todo nos irrita. Sobre todo la luz, detestamos la luz. Nos irrita la gente: sus voces estridentes, su repugnante olor y su tacto áspero.
Pero tampoco tenemos demasiado tiempo para experimentar semejantes ascos y repugnancias, pues al cabo de poco rato, a veces de repente y sin haber dado ninguna señal de aviso, se produce el ataque. Es un súbito y violento ataque de frío. Un frío polar, ártico. Como si alguien nos cogiese desnudos, abrasados por el infierndo del Sahel y del Sáhara, y nos lanzase directamente al altiplano helado de Groenlandia[...] En un segundo empezamos a sentir frío, un frío terrible, espantoso, espectral. Empezamos a tiritar, a temblar, a agitarnos. Sin embargo, no tardamos en darnos cuenta de que no se trata del mismo temblor que conocemos de experiencias anteriores- de cuando, por ejemplo, pasamos mucho frío en la intemperie de un invierno-, sino que nos atenazan unas vibraciones y convulsiones que al cabo de poco tiempo nos desgarrarán en jirones. Y para intentar salvarnos, empezamos a suplicar ayuda.
Esto que nos cuenta de primera mano Kapuscinski en Ébano son los síntomas de la malaria. Esta enfermedad la transmite un mosquito (realmente una “mosquita”, la hembra del Anopheles) que con su picadura nos inyecta unos parásitos que se quedan en el hígado.
De ahí, una vez que se han reproducido, van a la sangre, y se meten en otras células. Cuando salen de estas rompiéndolas se producen las crisis de frío que tenéis descritas arriba, que dan paso a otras de fiebre alta, vómitos y una sensación espantosa en general.
Luego, vuelves a la normalidad, pero sólo durante unas horas, ya que el ciclo se repite constantemente.
Esto es lo que queremos evitar, ya que el médico nos ha explicado que la malaria está presente en Turquía, Irán y Turkmenistán. Y como profilaxis nos ha recetado Resochín, que parece que es lo que se receta en Asia, no en África, donde el maldito Anopheles se ha hecho inmune.
Lo único que sabemos del Resochín, es que contiene quinina, ¡igual que la tónica!
El texto está extraído del libro Ébano de Ryszard Kapuscinski editado en Crónicas de Anagrama
El anuncio de Resochín es de amaah







