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19 de Agosto: Bayanhongor – Ulan Bator

Las posibilidades de llegar a Ulán Bator eran bastante limitadas. La mejor solución, por no decir casi la única, que vimos fue ir en los típicos y viejos furgones rusos que hacen las veces de autobús aquí.

Ya habíamos comentado que en Asia no saben de horarios y que parece que el tiempo es lo único que sobra aquí. Nos convocaron a las 12 de la mañana, se supone que el bus salía a las 12.30, pero qué va. El furgón no se va hasta que no se llena. Y creo que la expresión se llena nunca ha tenido mejor sentido que en este bus. En donde cabíamos a duras penas diez personas, viajamos quince, con nuestros respectivos bultos y equipajes.

Partimos, finalmente, a las 6.30 de la tarde. En todo ese tiempo, nuestro bus hizo las veces de taxi. Arrancaba, creíamos que nos íbamos, pero no. El autobús dejaba a un par de personas en la otra punta de la ciudad y volvía a la estación. Además, no podías bajarte, corrías el riesgo de que otro llegara y te quitara el sitio. Eso pasó y a una pobre mujer le tocó ir todo el viaje (14 horitas) sentada en una caja. Pero a ellos les parecía tan natural que ni siquiera se quejaban.

Cuando el sueño se iba apoderando de nosotros, tratábamos de ponernos más cómodos. Así que, en tan limitado espacio, dormimos unos encima de otros. Esto de los autobuses llenos hermana mucho.

A las 8 de la mañana del 20 de Agosto llegamos a nuestro destino: Ulán Bator.

En el taxi que nos llevaba hasta el centro de reuniones de la organización, pasaban por mi mente todas las vivencias acumuladas: más de 15 países, muchas culturas diferentes, diversos idiomas, risas, momentos de tensión, gente extraordinaria y al final de todo una buena sensación. Y eso que no era así cómo pensaba que llegaría a la capital de Mongolia. Imaginábamos llegar triunfantes a la línea de meta, pero este viaje siempre te sorprende. Nunca nada acaba siendo como esperabas.

Han sido casi 40 días de viaje, hace ya mucho de aquella fiesta en el castillo medieval de Klenová, de que nos asustáramos con la conducción de los Serbios, de nuestras esperas en las fronteras, de ferri de Azerbayán, de nuestra sorpresa al ver animales sueltos por las calzadas…

Hace 5000 km que no podemos comunicarnos verbalmente con las gentes locales y, sin embargo, nunca nos ha faltado la ayuda que hemos necesitado. La voluntad de entendimiento del ser humano no conoce límites.
De alguna manera, todos hemos cambiado. La perspectiva de las cosas no es la misma cuando puedes mirar más allá.

Ahora entendemos que es un rally solidario en más de un sentido. No sólo hemos ayudado a los que tienen menos, sino que ellos nos han ayudado también. Es un viaje muy difícil y exigente, a veces las cosas salen mal, pero siempre hemos encontrado una mano amiga. No pasa nada si tu coche se queda atascado en mitad de ningún sitio o si no tienes agua o un lugar donde dormir… siempre hay alguien dispuesto a compartir.

En cuanto al resto de equipos, nos hemos convertido en una gran familia. Aunque no los conocieras de nada, sus pegatinas en el coche te hacían un poco parte de su equipo. Ha habido algunos, como la ambulancia del equipo A, que llegó a Ulán Bator con ocho personas a bordo (los que habían roto sus coches ya).

Ha sido una gran experiencia, sin duda irrepetible, que nos ha hecho crecer. Ahora somos un poco más grandes.

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16 de Agosto: Khovd – el predesierto del Gobi

Dormimos en Khovd, donde pudimos ducharnos, adecentarnos un poquito y entablar conversación con un curioso personaje local. Telec, que hablaba inglés con mucha fluidez (cosa muy extraña en Mongolia, expecialmente fuera de Ulan Bator), nos contó como había sido campeón de boxeo en su región dos años consecutivos, pero que realmente era profesor de inglés y estaba escribiendo el primer diccionario inglés – mongol moderno.




Además ejercía de guía-guardaespaldas para turistas extranjeros. No nos dejó muy tranquilos la cicatriz que tenía en la cara fruto de un encontronazo con mongoles cuando acompañaba a unos extranjeros. “Nunca pasa nada pero… mejor no acampéis en la zona desértica que hay antes de Altai” fue su recomendación.



Las pequeñas ciudades como Khovd o Altai consisten en apenas cuatro edificios, un bullicioso mercado y campos de gers. Aunque los mongoles se asienten en poblaciones, siguen prefiriendo habitar sus viviendas tradicionales: es más barato, más cálido y más confortable para ellos.



En todos los sitios lo único que se puede comer es arroz y cordero cocidos y leche y queso de yak. El queso tiene forma de turrón (del duro) y tiene textura de turrón (del duro), pero ni de casualidad sabe a turrón. Es más bien una terrible mezcla entre yogur agridulce y queso rancio. A ellos les encanta. A nosotros, no. Incluso hemos llegado a aborrecer ese peculiar olor que impregna todo en Mongolia: las casas, las ropas, las calles, los billetes…

A pesar del consejo de Telec, visto lo poco que tenían que ofrecer las ciudades, decidimos acampar al aire libre, al norte del desierto del Gobi. No hay dunas todavía, pero sí inmensas y áridas llanuras. Parece increíble que allí, donde apenas hay pastos, hayamos podido encontrarnos con todo tipo de fauna: caballos y camellos salvajes, buitres (algunos tan grandes que de lejos se confundían con personas), cabras, yaks, ovejas…


Impresiona sobre manera el cielo mongol. Por el día, las nubes parecen estar a ras de suelo. De noche el espectáculo de estrellas, en uno de los cielos menos contaminados de planeta, es sobrecogedor. Daba la impresión, por la nitidez con las que se veían las constelaciones, de que estabas en un planetario. Pudimos comprender el concepto de bóveda celeste: de pie, totalmente a oscuras, sin ninguna montaña ni otra cosa que obstaculizara nuestra vista hasta el remoto horizonte, estábamos totalmente rodeados de estrellas.

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15 de Agosto: un coqueto Ger mongol – Hovd (Mongolia)

o Aquellas nieves de Agosto

Por la mañana, cuando salimos del ger, vimos, para nuestro asombro, que todo estaba cubierto de una capa de unos cinco centímetros de nieve. Todo era blanco, incluyendo los caminos. Y así fue cómo nos equivocamos y perdimos la vía principal.

Estuvimos un par de horas dando vueltas perdidos por las montañas y cuando, por fin, nos decidimos a dar marcha atras e intentar volver al punto de partida acabamos embarrando en un laguete, que no habíamos visto porque estaba cubierto de nieve.

Tratamos de sacarlo, pero las ruedas cada vez se hundían más. Y allí estábamos, sin saber que hacer, y con un temporal de nieve encima de nosotros. Lo intentamos todo, pero nada resultaba.

Cuando nos creíamos perdidos, apareció de la nada un caballero mongol (y digo caballero no sólo porque fuera montado a caballo), que no sin esfuerzo, consiguió sacarnos de allí.

Dejó todo lo que tuviera que hacer y durante las tres horas que duró nuestro problema, inventó mil formas para sacarnos del fango, que nos llegaba casi a la rodilla. Cabe decir, que solo podíamos comunicarnos con gestos. Pero lo conseguimos. Se hace cierto todo lo que habíamos oído acerca de la hospitalidad mongola.


Llenos de barro y cansados, pero felices y contentos

Llenos de barro, helados, pero felices, seguimos la marcha. Aunque todavía nos costó otro buen rato reencontrar la vía principal (no por ello estaba exenta de baches, bifurcaciones, desniveles, piedras, riachuelos que cruzar…).


Ni siquiera los locales se ponían de acuerdo

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14 de Agosto: Tsagaannuur – un coqueto Ger mongol

o ¡Bienvenidos a Mongolia!

A eso de las 11 de la mañana salimos de la frontera. Aún tuvimos tiempo de ver a otros compañeros que iban llegando. Qué alegría reencontrarse con equipos con los que has compartido alguna etapa. De alguna manera, los sientes como tu única familia cuando encuentras alguna dificultad tan lejos de casa.

Entramos en Mongolia. Este peculiar país tiene una extensión que es, más o menos, como tres veces España y sin embargo su población es muchísimo menor. Son muy pocas las ciudades con las que cuenta, dado que su cultura es fundamentalmente nómada. Estas gentes viven básicamente del pastoreo, por lo que no pueden asentarse en lugares concretos, sino que, siempre buscando nuevos pastos, viajan con sus ger (vivienda tradicional mongola) de un lado para otro.



Mongolia no se parece en nada a lo que hayamos visto antes. Es una tierra absolutamente virgen y salvaje. Ni siquiera afean sus paisajes las carreteras, porque no las hay. Lo que marca en nuestro mapa una “autovía”, no es más que un camino principal, de arena o gravilla, que va conectando unas ciudades con otras.


La autopista mongola

Comenzamos nuestra marcha y cuando vimos que se iba a hacer de noche y que no llegaríamos a ninguna población donde poder alojarnos (creo que ya os he contado algo sobre el frío), vimos un ger y nos acercamos a preguntar si nos dejaban dormir allí con ellos esa noche. El chico lo pensó un poco, pero, finalmente, nos dijo que sí.

Los ger son construcciones de forma circular, cubiertas de tela blanca. Todos cuentan con una puerta de madera hermosamente decorada. Al pasar, te topas, justo en el medio, con la estufa (y, como os podréis imaginar, no es precisamente de cáscara de almendra) que da calor a todo el habitáculo. Está todo forrado de alfombras y tapices de lana, que dan una sensación de calidez, necesaria dada la temperatura exterior. Tienen a los lados camas (con los pies siempre mirando hacia la puerta), una mesa y sofás. Son realmente bonitos y acogedores.

Cenamos con el joven matrimonio que nos acogió, y les dejamos como regalo (es costumbre aquí) un melón que habíamos comprado hacía tres países (pero aún estaba bueno) y una lata de perdices de “la tobarreña”.

Poco antes de las 10 nos fuimos a dormir.



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13 de Agosto: Tashanta – Tsagaanuur (Mongolia)

o Cero grados (ni frío ni calor)

Cuando alcanzamos por fin la frontera de Mongolia, comenzamos a realizar los trámites habituales: enseñar los pasaportes, ir a una ventanilla a rellenar formularios, enseñar los pasaportes, asegurar que ni por asomo tienes gripe A, pagar algún dólar extra, enseñar los pasaportes… pero la realidad es que fueron unas gestiones ágiles.

Tras todo eso, cuando pensábamos que solo faltaba que nos abrieran la puerta, nos dijeron que teníamos que esperar. Mientras tanto, iban llegando más ralliers.

A eso de las 6 de la tarde, una amable funcionaria nos dijo que había un problema con el pago de las tasas de exportación de los vehículos. Nosotros podíamos salir, pero nuestros coches no. La organización no había pagado y hasta que no se hiciera efectiva la transferencia, no nos podíamos ir. Y eso no sucedería hasta el día siguiente. Nuestros entumecidos cuerpos tendrían que soportar, no sin dolor, una nueva noche de inclemencias siberianas.

Un equipo inglés llamó a la organización a pedir explicaciones. No nos convencieron. Lo que nosotros sospechamos
es que , dado que otros años muchos coches no llegaban por ser más viejos, the adventuris pagaba una cantidad, haciendo el cálculo de los que sí lograrían llegar y embolsándose el resto. Este año, sin embargo, están llegando más y aunque este problema se repite desde hace 15 días, ellos prefieren pagar por cada coche que llega, sin importarles lo más mínimo hacernos esperar, y lo que es peor, ni las condiciones en las que esa espera se realiza. De vergüenza.

Pero, a mal tiempo, buena cara, nunca mejor dicho. Montamos un campamento base, fuimos andando hasta el pequeño pueblo fronterizo que nos da la bienvenida a Mongolia y nos surtimos de todo lo necesario para pasar otra inclemente noche de fresquito. Rafa y yo nos hicimos con dos feísimos abrigos de camuflaje, de pésima calidad china (cremalleras rotas a la segunda subida), Valeriano se compró un gorrete de lana y Roque, un abrigo terrible, largo, tipo matrix pero acolchado, con la suerte de ser de segunda mano y no parecía que lo hubieran lavado mucho antes de ponerlo en venta. Estas cosas, y las que os cuento a continuación, solo pasan cuando a tu supervivencia se le enciende el piloto de emergencia.

Llegó la hora de hacer la cena. Un viento horrible nos auguraba que se iba a quedar con todo el gas de nuestra bombona, por lo que decidimos hacer fuego. Pero había un problema. La estepa siberiana no gusta de criar árboles, por lo que la madera no era algo con lo que pudiéramos contar. Así que decidimos mimetizarnos con el entorno e ir a comprar aquello que utilizan los autóctonos para hacer lumbre: moñigas de yak.

Sí, así es. Compramos dos buenas bolsas de (perdonadme la expresión) mierdas resecas. Y con eso cocinamos nuestra cena. En su favor diré que no sueltan aroma y prenden muy bien, manteniendo un buen rato el calorcico. Sabemos que esto provocará alguna que otra broma fácil, pero es un dato que no queríamos ocultar.

Y, de repente, empezó a nevar.

Así que buscamos cobijo en una casa-chabola del pueblo y puedo prometer que la sensación de dormir allí nos supo a suite del Ritz. Y os aseguro que no lo era…

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Más que coches

No sabemos cual será el destino de nuestra preciosa Seat Inca una vez en Mongolia (si es que somos capaces de llegar), pero sí que nos han contado para qué están sirviendo algunos de los coches que llegaron el año pasado.

Concretamente veinte coches han sido reparados y puestos a punto durante este invierno para poder empezar a funcionar como ambulancias, vehículos veterinarios y coches de policia en la provincia mongola de Zavján.





Zavján es una provincia algo más grande que Castilla La Mancha, pero con una población total de apenas 90.000 habitantes. Su capital es Uliastai, una urbe de 16.000 habitantes, que en Google Maps se ve así:



Un barrio de Uliastai, combinando las comodidades de la ciudad y de la vida nómada

Cómo podéis apreciar las casas de la ciudad no son casas de ladrillo, madera y cemento, sino tradicionales gers.

Más información en la página oficial del Mongol Rally

Escrito por Valeriano |  Archivado en Donaciones, El coche | Un comentario

No tuve ningún lugar donde esconderme del trueno, así que ya no le temo, dijo Gengis Kan

Iba a hacer hoy un post acerca de este importante emperador mongol, y buscando, buscando, he ido a dar con unos vídeos que nos explican perfectamente su biografía. Así que mejor que escribir yo un resumencillo, ya los veis vosotros ¿No?









Escrito por Luisa |  Archivado en Personalidades | Aún no ha comentado nadie :(

Déjalo, ya te llamo yo

El otro día me preguntaba un compañero cuánto nos podría costar llamar por teléfono desde Mongolia. Como no tenía ni idea, solo intuía que mucho, lo he estado mirando en la web de Movistar (aquí podéis mirarlo los que seais Vodafone), y este es el resultado (para Movistar de contrato):

¿Qué os parece? En Turquía o Rusia, una conversación de diez minutos nos cuesta 17 euracos, pero es que en el resto de países no europeos nos van a costar, sólo 10 minutos, ¡¡23 euros!!. Así que mamá lo siento, pero si no encontramos locutorios, la comunicación irá por SMS…

Y también he puesto lo que cuestan las comunicaciones móviles de datos. Más que nada porque un patrocinador nos sugirió llevarnos un módem 3g para tener la seguridad de que podemos enviar las crónicas a los medios. Pero claro, en Irán, Turkmenistán, Uzbekistán y Mongolia ni siquiera hay cobertura. Y donde hay cobertura el precio es un atraco a mano armada…

Escrito por Valeriano |  Archivado en Preparando el viaje | Un comentario