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5 de Agosto: Algún lugar de camino a Tashkent – Chinaz (Uzbekistan)

Nos levantamos temprano para llegar pronto a la frontera y poder entrar en Kazajistán ese mismo día. Estuvimos preguntando en Tashkent por dónde se accedía a la frontera kazaja y la misión no resultaba fácil, porque no hablamos ruso ni ellos inglés y, además, porque la ciudad no es pequeña precisamente.
Cuando ya la teníamos casi enfrente, uno de los cientos de controles policiales que hay en el país nos informó cordialmente de que la frontera estaba cerrada y nos indicó otra… Nos tocó desandar unos 80 kilómetros de camino, pero la encontramos.
Allí estaban esperando para cruzar por lo menos otros 10 equipos del rally.

Esperando con El Equipo A Mongolia
Nosotros llegamos sobre la una del medio día y aquello tenía pinta de ir para rato… ¡Y tanto! A las siete de la tarde solo cuatro coches habían conseguido cruzar, y la frontera cerraba a las ocho. Era evidente que nos iba a tocar dormir allí, como así fue.
Lejos de desanimarnos, montamos una pequeña fiesta fronteriza: los italianos cocinaron pasta para todos; los que sabían de mecánica revisaron los coches de los demás; otros sacaron las guitarras, los gallegos aportaron un terrible cd de chistes de Arévalo; organizamos incluso una pequeña liguilla de mus…
Entre unas cosas y otras compartimos las anécdotas y vivencias que cada uno había encontrado en su camino.
Todos los que habían atravesado Irán en su ruta se mostraban entusiasmados por la experiencia. Coincidían en la belleza del país y en la amabilidad de sus gentes.
Cuando se fue la luz, montamos nuestras tiendas y allí dormimos. Tantas horas perdidas en la frontera nos obligarían a hacer kilómetros al día siguiente y para ello había que descansar.


Recibimos el CD de los chistes de Arevalo que se había traido Scratch Galicia de la mano de los asturianos de Marco Polo
2 de Agosto: Mary – Bukhara (Uzbekistán)

Como nos acostamos pronto debido al toque de queda turkmeno, fue fácil madrugar. Mary seguía igual de fea por la mañana, así que nos fuimos rápidamente para intentar cruzar la frontera uzbeka ese mismo día. Sin embargo, nos costó bastante llegar. La razón no fue otra (este dato creo que aún no lo había comentado), que la insuficiencia de carteles en todo el país. Y más que insuficiencia, podría decir que sólo existen concretamente tres: uno que te anuncia Ashgabat, otro de Mary y el de Turkmenabat. Y así no hay quien se aclare.


Los kilómetros turcomanos que nos quedaban eran todos por el desierto del Karakorum: dromedarios, arena en la carretera, una inmensa recta y, en condiciones normales, mucho calor. Sin embargo, tuvimos la suerte de que estuvo todo el día nublado e incluso llovió, así que la travesía fue agradable.




El tramite en la frontera fue rápido y sin irregularidades. No tuvimos que soltar ni un dólar más (a Dios gracias). Eso sí, un teniente madurito hizo amago de ligar conmigo. Nada mejor que inventarse un marido para evitar tan desafortunados flirteos fronterizos.
Al entrar en Uzbekistán nos paramos en el primer pueblo que encontramos para comprar agua. Como por ensalmo, apareció de la nada una treintena de personas (grandes y niños), que rodeaban nuestro coche con curiosidad. Yo no había visto cosa igual desde Bienvenido, Mr Marshall. España, Real Madrid, Barça fue, eso sí, la única conversación que logramos mantener.








En las carreteras, además de los dichos, se sumó un animal nuevo: el burro. Burros durmiendo, burros pastando, burros con carros, burros rebuznando. Doy fe de que en Uzbekistán este animal está lejos del peligro de extinción.

Hacia escasos kilómetros que habíamos abandonado Turkmenistán y todo era distinto, sin embargo: cultivos, zonas verdes y gente, mucha gente. Niños, mujeres, ancianos y más niños. Las carreteras y sus márgenes son un auténtico hervidero de personas, aparecen de cualquier parte y en cualquier sitio, como la mediana de una autopista alejada de cualquier población.
Y llegamos a Bukhara.
Visados: ¡sólo nos faltan dos (y medio)!
Por fin tenemos el visado de Irán en nuestras manos. Después de mandarlo por MRW, y aún así ir cuatro veces a la embajada, nos lo han dado sin necesidad de carta de invitación ni nada de eso. Eso sí, solo tenemos siete días para atravesar el país.
Con este ya son tres en nuestro poder: Irán, Kazajistán y Uzbekistán. La organización además nos ha dicho que ha gestionado los papeles para conseguir el de Turkmenistán en la frontera (crucemos los dedos). Así que sólo nos quedan los de la gran Rusia, la indómita Mongolia y la bella Turquía (aunque éste último no es obligatorio pero se consigue más barato y con menos problemas en la embajada que en la frontera).
El de Rusia lo haremos por agencia, ya que no te dejan hacerlo de otra forma, y para el de Mongolia necesitamos a alguien en Barcelona que lo deposite en el consulado. Ya veremos cómo lo hacemos.
En definitiva, un sacacuartos y una pérdida de tiempo:

Y decimos lo de pérdida de tiempo, porque además todas estas embajadas normalmente abren de 10 a 12, sólo algunos días por semana, el que te atiende es a la vez cónsul, recepcionista, telefonista y no tiene porqué entender bien el español… Eso sí, la verdad es que, después de las dificultades, han sido todos muy amables.
Lo que no sabemos a ciencia cierta es porqué todas las embajadas están en esos barrios residenciales tan increíbles, ubicados en chalets tan chulos (excepto la de Uzbekistán que es un pisito en el Paseo de la Castellana)
Déjalo, ya te llamo yo
El otro día me preguntaba un compañero cuánto nos podría costar llamar por teléfono desde Mongolia. Como no tenía ni idea, solo intuía que mucho, lo he estado mirando en la web de Movistar (aquí podéis mirarlo los que seais Vodafone), y este es el resultado (para Movistar de contrato):

¿Qué os parece? En Turquía o Rusia, una conversación de diez minutos nos cuesta 17 euracos, pero es que en el resto de países no europeos nos van a costar, sólo 10 minutos, ¡¡23 euros!!. Así que mamá lo siento, pero si no encontramos locutorios, la comunicación irá por SMS…
Y también he puesto lo que cuestan las comunicaciones móviles de datos. Más que nada porque un patrocinador nos sugirió llevarnos un módem 3g para tener la seguridad de que podemos enviar las crónicas a los medios. Pero claro, en Irán, Turkmenistán, Uzbekistán y Mongolia ni siquiera hay cobertura. Y donde hay cobertura el precio es un atraco a mano armada…
El Buzkashi, un deporte bizarro
Proveniente de Uzbekistán, llega a nuestro conocimiento un deporte bastante burreras: el buzkashi. Ahora se practica también en otros países como Afghanistán, donde es deporte nacional, pero su origen es uzbeko.
Las reglas son sencillas:
Dos equipos de jinetes, llamados chapandoz, que no llevan camisetas de distinto color para distinguirse (debe de ser que se conocen), en un campo de unos dos kilómetros de longitud, luchan por llevarse a su campo el boz.
Hasta aquí bien, pero es que el boz no es una pelota, un disco o un balón. No, amigos, el boz no es otra cosa que una cabra o vaca sin cabeza ni extremidades. Un señor cadáver mutilado. Así como suena.
No hay reglas, ni arbitros ni otro premio que el de ser mejor que tus contrincantes y, sin embargo, se llegan a organizar verdaderas batallas campales, de las de sangre y todo, con tal de hacerse con el malogrado animal.
Los chapadaz, que son los capitanes del equipo, van ataviados con turbantes y barbas negras (éstas ya no sé si suyas propias o se las dan con la equipación) y por ir creando un buen ambiente nada intimidatorio, llegan a la cancha con fusiles Kalashnikov al hombro y guardaespaldas. Eso sí, antes de empezar el patido, se dan la mano.
Como detalle final os apunto que, según cuenta la tradición, durante el imperio mongol, el mismo juego se practicaba con prisioneros de guerra.
La foto es de Po Lo.
El Madrid de Samarcanda
En 1403 Europa estaba asustada por la amenaza otomana, que poco a poco iba ganando una batalla tras otra y arrinconando los restos del imperio bizantino.
Aunque a España le quedara algo lejos, el rey Enrique III decide establecer contacto con el enemigo de su enemigo, el gran emperador asiático que estaba plantando cara a los turcos: Tamerlán. Para ello elige a un viejo diplomático madrileño: Ruy González de Clavijo.
Con él al mando, la embajada española recorre los más de 10.000 km de viaje (¡eso sí eran aventuras!) y llega a la mítica ciudad de Samarcanda después de pasar por Constantinopla, Trebisonda y Teherán.
Aunque no consiguió el objetivo de formar una alianza contra los turcos, fue el primer embajador europeo en Asia y consiguió iniciar relaciones diplomáticas entre un pequeño reino (Castilla) y el poderoso emperador del momento. A pesar de todo, aquí no lo conocemos apenas.
Pero en Samarcanda aún quedan algunas huellas; existe la calle Ruy González de Clavijo e incluso un barrio de la ciudad llamado Madrid en honor al embajador desde hace más de 600 años. De este barrio es de lo que hablan en este vídeo de Madrileños por el Mundo:
El embajador recogió sus vivencias en Embajada a Tamorlán, lo que puede ser el primer libro de viajes en español de la historia.
Más información sobre Clavijo y Tamerlán en este vídeo de Santiago Ruiz-Morales, Cónsul General Honorario de la República de Uzbekistán en Madrid y en La Ruta de la Seda
Mapa extraido de La Ruta de la Seda








